13.2. La cualidad de la respuesta.

Demos unos pasitos atrás y retomemos la escena planteada en la entrada anterior. En ella veíamos cómo invade al bebé una tensión que sobrepasa el umbral que su cuerpo tolera. Lo habíamos dejado en su cunita, llorando desesperadamente mientras su cuerpo se agitaba con movimientos espasmódicos incontrolados. El bebé urge una respuesta para la que no está capacitado. Si nadie acudiera a su llamado, moriría al cabo de un tiempo, ya que nada puede hacer por sí mismo.

A propósito, recuerdo una escena que presencié en los campos que circundan al hospital donde trabajo. En un cercado preparado para esquilar a las ovejas, un borreguito, que había perdido a su mamá, camina en medio del redil. Busca una mamá que lo amamante. Todas las ovejas a las que se acerca lo reciben del mismo modo: pateándolo. No lo reconocen como suyo, por eso no lo acogen. La Naturaleza es así, no parte peras con nada ni con nadie. Pero no es la brutalidad de la escena lo que quiero destacar, sino el hecho de que el borreguito no se queda a la espera, balando y agitándose para ser rescatado, sino que es proactivo y busca. En manos del pastor está ingeniárselas para que otra oveja acepte amamantarlo.

Imagina ahora esta escena: mamá siente la inquietud del bebé, pero no puede atenderlo porque el tiempo se le echa encima y aún le queda mucho por hacer. Para colmo, la cuidadora viene tarde. El bebé pasa de la inquietud al llanto. La mamá se desespera, pero no le queda otra que acudir y cogerlo. También está inquieta. Trata de calmarlo, pero sus movimientos nerviosos no ayudan, repercutiendo negativamente en el bebé. No puede darle el pecho, no tiene tiempo, así que lo deja en el capacho y le prepara el biberón. En su cabeza, las agujas del reloj corren más de la cuenta. Mientras, los temblores sacuden el cuerpecito del bebé, que llora con desesperación. La mamá quisiera que se calmara, que la ayudara, que se hiciera cargo. Sabe que es una tontería pedirle eso, cuando es ella misma la que no logra encontrar la tranquilidad que necesita, pero, aun así, le pide a su dios que haga el milagro. En su cabeza no está su hijo, sino su inoportuno y estridente pedido. Sus palabras no le hablan, su cuerpo no lo acoge. La mamá va y viene de un lado a otro, de una urgencia a otra. La toma se convierte en un problema. A pesar del hambre, el bebé no logra tomar la leche. A cada poco, la echa. La mamá tiene que soltar el biberón, cogerlo, echárselo al hombro y darle palmaditas en la espalda para evitar que se atragante. ¡Por fin, llega la cuidadora! La mamá le entrega al hijo mientras le reprocha la tardanza y se prepara para irse, no sin antes decirle una por una y atropelladamente la enorme cantidad de cosas que ha de hacer. El bebé no está incluido en esa lista.

Ahora, hagamos girar esta escena ciento ochenta grados y comencemos de nuevo desde el principio: el bebé está inquieto y comienza a agitarse. La mamá lo siente, se acerca a la cuna, le pone la mano en el pechito y le pregunta dulcemente qué tiene. Lo besa y le habla. El bebé se calma y cierra los ojitos. La mamá vuelve a lo suyo. Tiene un día difícil y demasiados frentes a los que acudir. El tiempo urge, pero, en vez de someterse a su tiranía, se para un momentito para ordenar prioridades. El bebé vuelve a hacerse presente; llora y se agita. La mamá acude, sin prisa. Mientras se acerca a la cuna, le habla. Después, lo coge en brazos y hace una llamada para retrasar la primera cita de su apretada agenda. La cuidadora tarda en llegar. Se sienta en su sillón y le ofrece el pecho. El bebé busca y se engancha al pezón. La mamá lo mira, le acaricia y cubre con su cálida mano su cuerpecito. Al principio, el bebé chupa ansioso; después, se calma. La mamá está disfrutando, es feliz y está en calma. Nada hay en ese momento más allá de ellos dos. De vez en cuando, el bebé se duerme con el pezón en su boquita y la mamá lo despierta para que siga mamando. Llega la cuidadora. La mamá le pide que espere un momentito. Hablan del bebé, de lo lindo que está. Las agujas del reloj se deleitan en la escena y enlentecen su marcha. El bebé, saciado, duerme al calor y el olor del pecho de mamá. Así permanecen los dos un ratito, hasta que el bebé entra en un sueño profundo. La cuidadora lo coge y lo acuesta en su cunita. Se despiden, no sin antes decirle la mamá que en la nevera hay una lista con algunas cosas que faltan y otras que hay que hacer. No lo dicen, pero las dos saben que lo que hay en la lista queda supeditado al bienestar del bebé.

Entre ambas escenas hay algunas notables diferencias: el lugar que el bebé ocupa entre las prioridades de las dos mamás, la capacidad para estar o no en lo que el bebé necesita y disfrutarlo o sufrirlo, la capacidad para acudir a la urgencia del llamado del bebé con la misma urgencia y estresada o sin urgencia y en calma, el hecho de hablarle, de preguntarle, de interesarse por lo que tiene y le sobrepasa, o seguir al pairo de lo que la estresa, incluido ahora el llamado del bebé, de lo que no para de hablar y quejarse.

El desarrollo de ambas escenas es reconocible, al igual que sus repercusiones para los implicados. Lo que las mamás transmiten lo recogen los bebés, lo recogen sus registros sensibles y sensitivos, estableciéndose entre la necesidad, la excitación que la soporta y la cualidad de la respuesta, siempre que sea habitual, una asociación que habrá de inscribirse como prototípica.

Uno de los caracteres que la respuesta segura y confiada introduce es la simplicidad y el orden. La coherencia sostenida en el tiempo habrá de traducirse luego en un patrón de respuesta previsible que permitirá anticipar la respuesta específica y rebajar la tensión a límites soportables mediante conductas sustitutivas, como la succión del pulgar.

Si la respuesta es la angustia, aumentará el gradiente de tensión. En este estado, la mamá será incapaz de emitir respuestas coherentes, reduciendo en el bebé la posibilidad de visualizar un patrón previsible de respuesta.

Lo que haga la mamá en el espacio que media entre la expresión de irritabilidad del bebé y la emisión de una respuesta participará activamente en la implantación de los circuitos asociativos (sensibles, sensitivos, emocionales y cognitivos) que cimentan la construcción de la identidad del bebé como sujeto con entidad propia.

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