14.1. El sueño de construir una maqueta.

Al pensar en maquetas, Daniel recuerda especialmente una. Formaba parte del proyecto final de la única asignatura que aprobó en la Facultad de Arquitectura. La recuerda tan hermosa y grande como problemático su traslado desde casa a la Facultad. Su padre se ofreció a llevarle en el coche y transportarla. No tiene recuerdo de la escena en la que se lo dijo, sí del lugar donde el coche se estropeó. Fue al poco de salir, después de atravesar el puente que une las dos orillas del río. Aquella mañana, la luz destellaba rabiosa en los cristales y en las chapas de los coches que circulaban por la avenida. El calor a esa hora ya era sofocante. Seguro que la idea de encontrar una sombra propicia era la única en la pista de baile del cerebro de los pocos transeúntes que caminaban por sus amplias aceras.

¿Fue cosa del destino que el padre de Daniel no pudiera cumplir con su ofrecimiento?: probablemente, no, aunque entonces Daniel lo dio por hecho, ya que aquel contratiempo se acoplaba perfectamente al estereotipo de respuesta que esperaba de su padre y al sentimiento de orfandad que le dominaba.

Daniel pasó las mañanas de aquellas vacaciones de verano asistiendo a clases de Cálculo Infinitesimal y Geometría Descriptiva. Lo único agradable que recuerda de aquella tortura fueron los trayectos a clase, el silencio, la luz y la trasparencia del aire a esa hora de la mañana. En la convocatoria de septiembre suspendió las dos asignaturas. Abandonó la carrera al final del primer trimestre del siguiente curso, y lo hizo porque no podía soportar la impresión de incompetencia que sentía y su enorme desinterés por todo. Lo que Daniel no sabía entonces era que sus dificultades estaban estrechamente ligadas a su incapacidad para sostener a su padre, hombre brillante, locuaz y seductor, en lo que suponía era su deseo.

Si su padre, que murió cuando Daniel tenía… ¿diecinueve, veinte años?, hubiera podido acceder a sus pensamientos y a sus sentimientos, probablemente se habría sorprendido por parecerles totalmente extraños, ajenos, excesivos y fuera de lugar. Y Daniel lo reconoce, pero siente que no puede hacer nada, a pesar de sus muchos intentos por revertirlos. Pareciera, dice, como si estos atributos se los hubieran tatuado a fuego. Así de intenso se reconoce.  

Cuando se reúnen admiración y temor es difícil, por no decir imposible, la complicidad. El amor de Daniel por su padre era reverencial, equiparable a la distancia que mediaba entre sus intereses.

Sin embargo, con el correr de los años, Daniel acabó apreciando el deseo que le atribuía al padre en relación con su futuro profesional. Así son las cosas, así es la vida. Sísifo, Edipo, Hamlet, entre otros muchos personajes ficticios y reales, nos muestran el camino. Todos ellos nos enseñan que el destino del hijo nunca es ajeno al deseo de papá.

De la Facultad de Arquitectura pasó a explorar la mente, su mente, en la Facultad de Psicología. Allí se encontró con muchos otros jóvenes, igualmente desorientados, afanándose por encontrarse a sí mismos. Aquella experiencia de juventud le mostró lo difícil que es responder al deseo de papá cuando papá no responde a la masiva demanda de amor del hijo.

Lo que es la vida. Daniel sueña ahora con construir una casa con sus propias manos. Para ello sigue haciendo planos en servilletas de papel y algunas maquetas, como la que recientemente construyó de las instalaciones de su centro de trabajo, y sueña con aprender los oficios relacionados con su sueño: albañilería, fontanería y algo de carpintería. De la electricidad no quiere saber nada; le da calambre.

Hablo de Daniel porque, como él, yo también quiero construir una maqueta, aunque esta no está relacionada con mi sueño, que se parece mucho al suyo. Lo que intento reconstruir con ella son los cimientos, la estructura, la fachada y la dinámica de funcionamiento del aparato psíquico. Por supuesto, se trata de un modelo, sin más pretensiones que servir de apoyo a la idea de aparato psíquico que me gustaría transmitir. Para construirla, tomo como referencia el modelo de los tres registros —Real, Simbólico e Imaginario— de Jean Jacques Lacan. A partir de ahí, planteo una visión tridimensional y dinámica de este modelo siguiendo los principios que regulan la generación y evolución del Universo; por supuesto, según mis limitados conocimientos sobre la materia, que no van más allá del pasillo de mi casa.

Probablemente, pueda parecer osada esta propuesta, pero a mí me ha sido útil, lo que quiere decir que también pueda serlo para algunos otros.

Evidentemente, este interés también es atribuible al deseo y a la potencia del destino encapsulado en mi fantasma, no me cabe duda.

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