14.2. De la Nada a la Forma.

Imagina un espacio vacío, abierto, sin límites, infinito. En este espacio inserta una circunferencia. Después, en el interior de esta circunferencia inserta otra circunferencia.

Bien, ya lo tenemos. El espacio en blanco lo imagino como un espacio en permanente expansión. Representa a todo lo que no estando aun, luego hará síntesis en cualquier forma definida. En relación con el bebé humano, abarca cuanto le concierne desde antes de ser concebido como idea, desde antes, incluso, de que los papás, los abuelos, bisabuelos, tatarabuelos… fueran concebidos como idea. De alguna manera, representa al Universo, del que somos parte y del que recibimos el material y la energía que aportan consistencia a cuanto existe y hace posible la vida.

La primera circunferencia acota un esbozo de espacio en ese inmenso espacio abierto que representa la construcción de la idea de hijo. La idea de hijo adquiere forma como discurso en los comentarios y expectativas de unos y otros (de los futuros papás, abuelos, titos…) en el marco fantasmático de transmisión generacional. Representaría la concreción de la materia y de la energía en una posibilidad, en una forma, en un cuerpecito, mediante la conjunción de los deseos que intervienen para darle vida.

Aunque es cierto que todo comienza mucho antes, parto del momento en el que apunta en la pareja el deseo de ser padres, deseo que los dos ponen en palabras, con el que se entusiasman, por el que discuten, se sorprenden, se asustan y del que hablan y hablan, Pasado un tiempo, ambos acaban asumiéndolo e incorporándolo a su proyecto vital, hasta que llega el día en que ella lo siente y comprueba lo que sabe con la prueba del embarazo. Pero antes de que esto suceda, han transmitido sus ganas a sus padres, hermanos y allegados. Poco a poco, el deseo de la pareja da vuelos a las conversaciones sobre el bebé por venir. Dicho de otra manera: antes de nada, antes de que confluyan los elementos a partir de los cuales la expectación se confabule con la biología, el bebé circula por el lenguaje, es pura inscripción significante.

Una vez concebido, nueve meses después llega una criaturita, de la que los papás ya tienen un álbum con las ecografías recopiladas durante el embarazo. Lo que queda ahora es comprobar si su cuerpecito se ajusta al canon genético establecido por la repetición.

La segunda circunferencia insertada en el interior de la primera es el embrión de la huella que queda al desdoblarse y constituirse cada una de las partes, madre e hijo, en unidades independientes; el ombligo es su marca.

Bien, ya lo tenemos ahí, al bebé. Pero llegar a ser es un proceso inabarcable, que se extiende a lo largo del tiempo, del que solo podemos rescatar sus efectos y retazos de los acontecimientos más recientes, que son los que nos permiten reconstruir la historia de la que formamos parte.

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