15.1. La presencia de la muerte (1).

La angustia funciona al modo que la sobrecarga endógena en el bebé; al menos, en algunas de sus características: es sobrevenida, se expresa como excitación, inquietud, agitación, no tiene correlato significante, se retroalimenta.

La ausencia de correlato significante simplifica la percepción y la reduce al binomio carga-descarga de tensión. El bebé funciona a este nivel, mostrando esta dialéctica mediante el llanto, la agitación y el sueño.

La discontinuidad entre necesidad y respuesta y la inmadurez biológica favorecen la posibilidad de existir del aparato psíquico. Las denominadas patologías del acto o de la impulsión se caracterizan, precisamente, por lo contrario: la perentoriedad. Podría aventurarse en ellas un déficit vinculado a la dilación en el proceso de satisfacción, por tanto, en la generación del espacio requerido para que el aparato psíquico gane en consistencia.

Hablamos de la noción «paso al acto» para hablar de ciertas conductas que cortocircuitan el normal funcionamiento y precipitan al sujeto a una acción incontrolada, incluso violenta: actos irreflexivos, actos fuera de escena, actos impulsivos, respuestas de intensidad desproporcionada, autoagresiones, intentos suicidas, etc. Lacan lo define como «una salida de escena en la que, como en una defenestración o un salto al vacío, el sujeto queda reducido a un objeto excluido o rechazado […] aquí el acto no sería algo que quiere decir, correspondería a una ruptura del marco del fantasma y a una expulsión del sujeto» (Kaufmann, Pierre. Elementos para una enciclopedia del psicoanálisis. El aporte freudiano. Ed. Paidós. Buenos Aires, 1996).

En esta y en las dos entradas siguientes rescataré las experiencias de tres pacientes situados en el espectro de las Patologías del Acto y las de aquellos otros que se exponen, como modus vivendi, a situaciones de peligro. Unos y otros trasladan el melodrama cotidiano a la dimensión de la tragedia.

El primer caso, ¿recuerdas?, hacía referencia a una paciente que llevó a cabo una ingesta de medicamentos cuyo efecto pudo haber sido devastador. No era la primera vez. Lo que hizo lo hizo sin mediación alguna de pensamiento ni de un estado de ánimo acorde al acto ni de circunstancia que lo justificara (esto, dicho entrecomillas, por supuesto). Simplemente, tomó las pastillas porque estaban ahí en la mesita de noche. Así lo cuenta. Ella misma se extraña, no puede explicarlo. Desde esta perspectiva, lo que le sucede no parece del orden de la disociación, sino de la escisión. No es ella la que actúa. La paciente forma parte de la escena como objeto: participa en ella, pero no como agente, por más que sea ella quien representa al personaje. No puede poner palabras al acto. No hay relato. El andamiaje simbólico es atacado. El acto se muestra como escotoma, un punto ciego al margen de la red simbólica de asociaciones. La impresión es de extrañeza, de falta absoluta de conexión interna. Tampoco responde a una imposición externa. Se trataría más bien de una suplantación: el acto se apropia de la paciente, no se diferencia de ella. Lo que ocurre sucede sin más, como si no cupiera otra posibilidad, como un automatismo, como sobrevenido, sin ninguna referencia que permita orientar lo ocurrido en el espacio y el tiempo.

Al pensar en esta paciente imagino la siguiente escena: situada ante el espejo, este se le abalanza bruscamente y se rompe en mil pedazos, que se funden con ella. Tras el golpe, cuando recupera la conciencia, no queda rastro de lo acontecido, solo las heridas y el soporte del espejo vaciado de imagen. La pregunta no existe ni la intención de preguntar. Si va a consulta, es porque se le prescribió. ¿Puede calificarse el acto de suicida? Formalmente, sí; intencionalmente, no, ya que el acto y cuanto lo rodea tiene la impronta de los agujeros. No hay fondo que lo sustente. Es. Punto. Lo Real se impone, echa por tierra todo el andamiaje simbólico.

En la escisión psicótica, la contradicción es abolida. Consecuentemente, dos proposiciones contradictorias pueden ser afirmadas a la vez. Mientras que la contradicción en el neurótico colabora a crear el lugar topológico del inconsciente, en el psicótico, a falta de represión, produce la escisión de las partes del yo, que persisten en afirmar cada uno de los términos.

Para la paciente solo cabe el extrañamiento, como si el protagonismo del suceso no le correspondiera. Lo que sucede queda fuera de discurso, fuera de toda posibilidad de simbolización. ¿Es enviado a alguna parte o simplemente cae en un agujero? Desde la perspectiva de los tres registros, cabe pensar en una saturación momentánea de energía no ligada que invade y anula los espacios intermedios, incluido aquél donde se ubica el objeto causa del deseo, lo que la lleva ante la puerta de la muerte. Sin embargo, la destrucción del sistema no acaba de producirse; sí, cierta rotura del ensamblaje y la sutura posterior, capaz de reunir de nuevo a los tres registros y salvar los espacios intermedios conectores.

El acto pone en contacto a la paciente con otra muerte, la del sujeto, que queda clausurado. Sabemos que la verdad inconsciente emerge con sus productos a modo de tropiezo. Lo que emerge se presenta como algo extraño, pero eso extraño puede ser incorporado. Esto no ocurre en este caso, ya que el acto queda fuera, sin posibilidad de ser incorporado, integrado, elaborado. Se trata de un paréntesis que reduce a nada los puntos suspensivos que hacen posible el discurso.

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