Juan Liaño Liaño

Presentación del libro de poemas

Gabinete de estampas

de Francisco Infiesta Acevedo



Paco, te propongo un viaje al pasado para trasladarnos cerca de aquí, a la calle Gimios, y lejos en el tiempo, al final de la década de los noventa, lo que supone dar un salto de veinticinco años aproximadamente a través de la frontera entre dos siglos. ¡Ahí es nada! ¿Recuerdas?...

Allí comenzamos un intenso viaje con la creación como protagonista, un viaje que nos llevó, el último año, a Didier Anzieu, a su obra Crear, destruir.

Fue el colofón de una muerte sutilmente anunciada, el último acto de una tertulia que nos cogió de la mano y me mostró el camino a seguir.

En Gimios también comenzó una aproximación, movidos por ciertas afinidades e intereses, en la que ambos sabíamos de los proyectos del otro sin tener conciencia, como es obvio, de que ese conocimiento nos traería aquí, a la puesta en escena del poemario que nos entregas bajo el título Gabinete de estampas.

En aquellos años escribí mi primera novela. Quería explorar lo que sucede en el proceso de escritura, incluido el último paso, mostrarla, aunque fuera en el reducido espacio de la tertulia. Con lo primero, cumplí, pero no la presenté, como haces tú hoy; a cambio, os entregué un infumable tocho teórico sobre el proceso de creación.

Aquella presentación fue una burda finta a los temores que no me dejaban autorizarme como contador de historias. Con el correr de los años supe que detrás de esos temores siempre hay una pregunta, certera e incombustible: «¿estás justificado para ser?»; una pregunta, que comienza a perfilarse en el interior del vientre de mamá, cuyos trazos los orientan la cadencia, la intensidad y el ritmo de los latidos de su corazón.

Aunque no sé a qué otras incertidumbres están sujetas, veo las mismas inquietudes en la presentación con la que abres Gabinete de estampas. Son 10 páginas de introducción en las que explicas y justificas lo que te inspira para sentirte y ser poeta, no solo escritor de poemas.

Pero hay algo más, algo que afirmas en estas páginas introductorias: que este poemario eres tú.

Sus poemas no son, como bien dices, una compilación, una sucesión de atmósferas amalgamadas recorriendo el tiempo, sino la imagen de un órgano en proceso, la piel, que te envuelve, te acoge y a la que colmas como puedes cada vez que su nombre te alcanza.

Quiero creer que en Gimios empecé a dar forma a mi vocación de escritor. ¿Recuerdas cómo y cuándo nace la tuya?

Quién más, quién menos, todos, en algún momento, hemos escrito poesías, tal vez porque la música que atesora se aproxima mejor que la prosa a la juventud de la adolescencia y porque permite la fantasía de anticipar en el gozo de la rima el placer esperado y escondido.

Pero una cosa es escribir poemas y otra sentirse poeta. Algo cambia, algo ocurre con el deseo cuando sacas al escenario de la publicación lo que guardas de ti en lo que haces.

Y aquí estas, Paco, anunciándote poeta.

Hablas de atraco a mano armada en el WhatsApp en el que dices que me quieres junto a ti en este ritual de paso, en esta presentación pública. Te digo: tardé menos de una línea en responder. Ahí supe que deseaba estar aquí tanto como tú lo querías. Después, me puse a escribir… Concluí aquella tarde, antes de cerrar los ojos.

Si el comienzo es un abandonarse al deseo, a la intuición, sin que la Forma se muestre hasta logrado el primer boceto, lo que viene después, lo sabes bien, Paco, es lijar y pulir, lijar y pulir hasta hacer callos en los dedos.

Me convocas, decías en el WhatsApp, por dos cosas: por compartir lo que significa la apuesta por la escritura como vocación —añadías: a pesar de los obstáculos— y porque yo podía entender lo que significa para ti presentar el resultado de ese trabajo a los demás.

Y aquí nos encontramos de nuevo, Paco, haciendo y deshaciendo de Gimios a la Alameda, de la que fue sede del Partido Socialista a la Casa de las Sirenas en una eternidad que parece mentira.

Hoy, como ayer, nos reúne el mismo interés: hacer, crear… Sí, crear, crear a partir de una pregunta, crear porque no te confundes en lo dicho, con lo hecho, crear porque no cierras: así desnudas lo que traes para vestirlo de nuevo cada vez.

De ti nos llega el nombre, el que te dieron y te mira como un fantasma en tus versos, y un larguísimo algoritmo de letras agrupadas, agrupadas en segmentos, en segmentos lineados que volverán de nuevo cada vez que unos dedos anónimos se posen en tu canto, te inclinen un poco para estrecharte y cogerte, tiren de ti, te saquen del estante y te lleven a un rincón, a un rincón breve recortado por un la-cónico foco de luz en la penumbra que angosta la sala, con la secreta intención de abrirte y desentrañar el perfil de tu ser poeta.

Nunca y siempre serás lo que queda entredicho en tu Gabinete de estampas, poemario del que sacas lo que eres: en cada verso, una forma, una envoltura conteniendo los principios activos del Universo.

Eso eres, Paco. eso somos: un noventa y pico por ciento de «materia y energía desconocida» procesando un trayecto que se resuelve en un suspiro, un fogonazo de luz que se dispersa y difumina en la noche, una forma contenida en un nombre, en los anhelos que urgen, en los que quedan atrás, en tu ser escritor de versos, en mi ser escritor de historias.

¿Tu poemario?: un pálpito, un trazo sutil donde se encuentran vida y muerte. Didier Anzieu de nuevo anunciando la encrucijada donde las dos, creación y destrucción, se reconocen, señalando la naturaleza del Universo en las pequeñas cosas que nos conciernen y arrebatan.

Dios no ha muerto, mi querido Nietzsche, está ahí, en el ser de cada uno, porque eso somos: una copia fidedigna de la grandiosa monstruosidad de la que surge la belleza, de la que nacen cada verso, y las palabras, justas, que hilvanas y vuelcas en este escueto poemario capaz de contener al infinito.

Al crear dices que pasas de un lenguaje a otro, de la pintura al verso, sin que se encuentren. Ambos funcionan para ti como dos puertas extrañas que se abren y se cierran sin que ninguna sepa de la otra.

El pincel y la pluma, tus herramientas, dándose la espalda. Guardado uno, posas en el papel la otra a la espera de la Forma por venir. Y te abandonas al primer acto de la escritura, al primer gesto, al primer temblor: la mano hiende la piel del tiempo, la viste de versos, y tú, Paco, te trasvistes y transformas hasta fundirte poema y desaparecer.

Es verdad, Dios no ha muerto. Respira en el pulso que late en el corazón de tu nuevo hijo, de tu nuevo ser.

Yo, ahora, recojo lo que me entregas y te llevo y lo llevo conmigo allí donde voy. De vez en cuando, te abro y me quedo mirando muy adentro, acariciando… tal vez un sueño, un recuerdo, una sensación… o solo abstraído, sin requerimientos ni prisas, colgado de la única pregunta que resuelves y condenas, porque no es esa —ambiciosa—, sino otra —humilde— la pregunta primera que dejas atrás, la que verdaderamente hizo de ti tu ser, la que derramas en tus versos inacabados y te devuelve al silencio del que vienes.

Escribes:
Yo te llamo Palabra
Tú me llamas Poeta.
Voy contigo a los valles perdidos de la dicha.
Buscamos en los cantos de sirenas nocturnas
un punto de contacto entre lo inexplicable y lo posible.
Tú lo llamas Amor
Yo Poesía.

Juntos alcanzamos el cielo de las cosas.
Fuimos audaces en las horas lentas.
En la implacable paz del mediodía,
acariciamos un sueño turbulento y escondido.
Quizás también la inquieta calma de la vida.

¿Cuántos años hay tras estos versos?, ¿cuántas dudas, amores, quebrantos? ¿Cuántos sueños olvidados apenas rescatados tras el primer bostezo de la noche? ¿Cuánto de ti, Paco?

Me imagino sentado en el banco de un hermoso parque alfombrado de otoño perdido en ti durante el tiempo que dura la eternidad en el interior de un segundo. Arropado por el silencio y el calor de una calma que se me resiste, te cierro donde te abro, te guardo en la mochila, me levanto y sigo, y sigo, hasta llegar aquí, a esta mesa, para darte las gracias, Paco, por este hermoso regalo.
Gracias de todo corazón


Juan Liaño Liaño

										Casa de las Sirenas
										Sevilla, 13 de enero de 2021